sábado, 3 de julio de 2010

El pozo

EL POZO


José volvía al hogar después del trabajo. Era el camino y la rutina de todos los días, así era su vida. Llegó hasta su casa en el centro de la ciudad e ingresó. Pasó por la sala y buscó en las otras estancias de la casa. Su mujer no se encontraba. Entonces, volvió a la sala para sentarse en el sofá y tomar el control remoto con el que encendió el televisor. Recorrió los canales hasta detenerse en una película de “cowboys”.
… Los corceles, cual veloces correcaminos, levantaban, a su paso, el polvo del desierto. Los tristes cactus eran mudos testigos de una inmisericorde persecución, donde la victoria coronaría al más rápido. Las balas buscaban la carne presas de una pasión enfermiza. El destino sólo deseaba devorar el alma del condenado. No había salvación para el jinete que huía. Una bala le arrancó, groseramente, el sombrero; una bala más, y esta vez el caballo sangró de una oreja; otra más y se tiñó de rojo una de las mangas, de la blanca camisa del hombre con el destino marcado…
-¡José, despierta! –se escuchó una voz, pero no hubo respuesta.
-¡Despierta, José! –nuevamente, la misma voz.
-¡Ah! ¿Qué ocurre? –respondió José, despertando.
-Te has quedado dormido con el televisor encendido.
Era su mujer quien, después de despertarlo, le preguntó cómo le había ido en el trabajo.
Aquella noche hizo el amor, pero sin muchas ganas. Luego, como otras veces, tuvo dificultades para dormirse. Finalmente, luego de fumarse varios cigarrillos, y levantarse, varias veces, para pasear de un lado a otro por la casa, se rindió a la comodidad de la cama y se quedó dormido. Entonces, soñó con el viejo oeste norteamericano, donde él era como en la película un jinete que huía en un negro corcel. Lo superaban en número. Eran como cincuenta contra uno. Ya no le quedaban balas. También, el caballo había caído. Y ahora tendría que huir corriendo por el desierto.
Finalmente, llegó el amanecer llevándose los sueños. La realidad era segura y cotidiana. Fue al baño a asearse y vio, en el espejo, su rostro de hombre común, castigado cruelmente, por el insomnio. Y sintió, entonces, con pesar, que su vida era rutinaria y aburrida. Salió del baño y fue al jardín, que estaba casi al fondo de su casa, para relajarse con el olor de las flores. Sin embargo, en su jardín, algo había cambiado. Se trataba de un pozo del diámetro de un balón de fútbol en el centro y, tal vez, lo había cavado algún animal; pero, extrañamente, no había indicios de tierra removida. Se acercó para mirarlo bien. A pesar de la luz de la mañana, el pozo estaba totalmente oscuro, no se veía nada dentro. Trajo una linterna de mano y alumbró directamente en la oscura boca, pero él se tragó la luz cual agujero negro nacido del subsuelo. Intentó taparlo llenándolo con tierra, pero no se llenaba. Entonces, colocó una tabla encima, para cubrirlo.
Pasó una semana y su mujer, como siempre, administraba los ingresos y egresos del hogar. Él no se involucraba en aquello, pues prefería ser tan sólo el proveedor. Y así pasaba, sin mayor novedad, sus días y sus noches. Noches en las que le costaba dormir, pero, también, en las que finalmente llegaban los sueños en donde había un jinete a punto de morir en lejano oeste; pero milagrosamente el caballo no había muerto, sólo estaba herido, y ahora se había levantado. Él apuntó con su revólver hacia sus perseguidores y jaló el gatillo, aunque sabía que ya no tenía balas; pero sólo lo hizo por sentir el poder del arma en sus manos. Siguió galopando, disfrutando de ser ligero como el viento.
La mañana trajo un perfume de jazmines. José se levantó relajado. Pero aquello, sólo, duró un breve instante. Al salir de su habitación y pasar por su jardín encontró una tremenda sorpresa. Sus latidos se aceleraron. La tabla con que cubrió al pozo ya no estaba, y, ahora, éste era amplio como un elefante que se había tragado las plantas del jardín.
El fue a ver a sus vecinos a preguntarles si en su jardín había, también, un pozo; pero no obtuvo una respuesta positiva. Algunos quisieron verlo y se quedaron fascinados ante su misterio. El pozo era hipnótico como la mirada de una serpiente. Tal vez, porque significaba lo desconocido. Tal vez, porque representaba una liberación.
Aquella noche, también, demoró en dormirse, pero el oeste lo esperaba con el inmenso desierto en el que derramaría su sangre sobre la arena. Aun seguía cabalgando gloriosamente, demostrándole a la vida que era inmortal; pero muy pronto las balas lo contradecirían. Volvió el rostro para mirar a sus perseguidores y descubrió que ellos, también, eran perseguidos. Los seguía a todos un siniestro pozo que los quería llevar al averno.
Ese día despertó muy tarde como si se hubiera recobrado de una borrachera y se enfrentó a la angustia de ver a su mujer junto con otros que avanzaban como hechizados hacia el oscuro pozo que ahora tenía un diámetro de casi ocho metros, y había devorado parte de su casa y la del vecino. Algunos se arrojaban de cabeza al abismo. El cogió con fuerza a su mujer tratando de detenerla, pero ella lo arañó y lo mordió en la mano, luego se unió al pozo.
Luchando contra el dolor de su pérdida y contra el deseo de arrojarse al abismo, José fue a la cochera a buscar el auto recién salido del taller, el cual apenas manejaba, y se fue antes de que el pozo terminara de engullirse toda su casa y a las personas.
Mientras se alejaba despavorido, intentó recuperar el control de sí mismo. Medio atontado empezó a elaborar ideas. Debía ser fuerte y encontrar una explicación lógica a lo que sucedía. Probablemente alguna corriente de agua subterránea había debilitado el suelo. Sería necesario emplear maquinaria, volquetes de tierra para cubrir el pozo. Luego, tendría que solicitar un préstamo para reconstruir su casa. Pensando, en todo esto, encendió un cigarrillo para relajarse, y, entonces, miró por el espejo retrovisor y descubrió que el pozo lo venía siguiendo. Las construcciones se hundían penosamente detrás de él. Fue, en ese momento, cuando supo que tendría que acelerar.
En la ciudad, los autos y las personas no escapaban. Se ofrecían todos al pozo que se expandía y avanzaba como si quisiera tragarse todo el planeta. Al parecer muy pocos podían resistir su atractivo. José tuvo que coger la Panamericana y manejar hacia el sur. Debía aprovechar para alejarse lo más que pudiera antes que la amenaza se extendiera fuera del centro de la ciudad. Por el momento, no se le veía. En el trayecto iba observando vehículos que avanzaban de sur a norte, pero nadie viajaba al sur a excepción de él. Más adelante, sin embargo, conforme iba avanzando, logró ver algunos vehículos delante de él, con dirección al sur. Y les gritó, entonces: ¡Avancen más rápido que ya viene el pozo! No le hicieron ningún caso por más que gritaba. Había personas en el camino, pero cuando se detenía para decirles que ya venía, se reían y otras lo insultaban. Decidió, por eso, preocuparse sólo por avanzar más rápido. Pasó en poco tiempo por el estadio y el terminal terrestre, y siguió de largo hasta un grifo donde se abasteció de combustible y mencionó lo del pozo sin que nadie le creyera, pues al parecer éste se había detenido por el momento. José infirió que el pozo tenía periodos de descanso, y tenía que aprovechar eso. Pagó el combustible y se fue a toda prisa, cruzando el puente entre dos distritos. Ya no se veían vehículos viajando al sur.
En el camino encontró a una joven mujer y a un hombre con una Biblia en la mano. Se detuvo y les dijo:
-¡Suban si quieren vivir!
No le hicieron caso, pues pensaron que era un loco; pero se precipitaron dentro del auto cuando vieron que, a lo lejos, venía algo, casi tan inmenso como el mar, tragándose a su paso las casas y los postes. Hubo más personas que al ver lo que venía quisieron subir y corrieron hacia la pista, pero él ya había acelerado. Algunos autos que viajaban de sur a norte viraron temerariamente en medio del camino, y aquello se convirtió en un caos. La mayoría de los vehículos, no obstante, siguieron de largo hacia la extinción. Entre la gente, se veía a unos pocos correr y se escuchaban gritos de pánico, a lo largo del camino. Casi todos, sin embargo, cayeron bajo el hipnótico dominio del pozo y lo esperaban sin resistencia alguna. Felizmente pudo rescatar a dos personas.
A Miriam y al hermano Raúl, un predicador católico.
-¡Tenían razón los protestantes cuando decían que venía el fin del mundo! –se escuchó histérico al hermano Raúl que se había sentado en la parte trasera.
José miró a Miriam que se había sentado adelante, y pensó que ella era muy joven para morir. Por un momento al tenerla cerca se sintió como un temerario aventurero rescatando a la chica, y, olvidando el peligro, evocó la inmensidad del desierto con sus hermosas dunas. Mientras dejaban la urbe para dar paso a la arena, pensó en el jinete de sus sueños que cabalgaba sin miedo cortando el viento. Entonces, se dijo que un cowboy del lejano oeste no debía detenerse ante nada, y animado por esta reflexión siguió galopando el auto con más ánimo.
En medio de todo ese caos, un vehículo los rozó fuertemente por el costado. José perdió el control del auto y se salió de la pista, pero la confusión sólo duró un instante. Se recupero con la convicción de que el dolor y las heridas eran nada para un jinete aventurero. En seguida se lanzó hacia la conquista del horizonte.
-¡Dios mío! –gritó el hermano Raúl.
El pozo avanzaba, cada vez, más rápido. José esforzaba el auto hasta sus límites, pero pronto serían alcanzados. Tal vez, era el fin del mundo. Tal vez, había llegado el Apocalipsis. Y, sin embargo, José no temía, se sentía como un héroe de película rescatando a la chica y cabalgando libre como el viento. Entonces, entre los lamentos que venían desde el pozo, escuchó a su mujer pidiéndole que no la abandonara.
José no se detuvo. Empezó a llover y un olor a azufre llegaba hasta ellos. Él volteó, un poco, su rostro hacia Miriam y disfrutó su aroma a fresa que contrastaba con el del pozo.
-Pensar que hoy es mi cumpleaños –dijo Miriam sollozando.
-Cálmate, Miriam, no todo está perdido –dijo José mientras pisaba el acelerador a fondo y, a la vez, acariciaba el cabello de la joven, para darle ánimos como lo haría un cowboy.
Escuchó otra vez la voz de su mujer que lo llamaba, esta vez más alto. José siguió acelerando, pero finalmente el auto se detuvo. Y no lograba encenderlo. Desde el pozo llegó un terrible rugido.
-¡Es nuestro fin! –gritó una vez más el hermano.
Inexplicablemente, el pozo se detuvo, también. Pero, al parecer, no porque se compadeciera de ellos o les perdonara la vida, sino porque sabía que ya no podían huir. Posiblemente, sólo les regalaba algo de tiempo, como un depredador antes de saltar sobre su presa.
-Es inútil –dijo José mientras salía del auto.
Revisó el aparato, y se dio cuenta que no había como repararlo a tiempo. El pozo atacaría pronto, pero ahora los miraba, tranquilo y sonriente.
-Al menos podemos caminar, la lluvia se ha detenido –dijo Miriam.
-¿Qué dice usted, hermano Raúl? –habló José.
Pero el hermano no contestaba, se había puesto a orar el Ave María.
-Debemos seguir solos –dijo José a la chica.
Caminaron sin hablar y, en algún momento, José la tomó de la mano. Era hermosa y la confundió con un ángel, su cabello lacio y castaño navegaba en el viento. Se miraron un poco, pero, luego, soltaron la mirada al horizonte. Se escuchó un terrible grito. No voltearon a mirar. Ya no les preocupaba nada y, además, empezaron a sonreír como si hubieran enloquecido o como si fuera el final de una hermosa película. Hasta ellos llegaban ruidos extraños, producidos, tal vez, por el viento. A ella le pareció escuchar el aullido de un coyote. A él le vino la imagen del heroico jinete cabalgando indómito. La noche pronto caería en el desierto y habría que buscar algún lugar donde acampar.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

sábado, 26 de junio de 2010

Atravesando la nada





La antología de cuentos del Grupo Literario Isla Blanca tiene a los siguientes autores:

-Carlos Enrique Valencia Obeso con sus cuentos: "Cama de Rosas" y "Jinetes de Luna".
-Christian Ahumada Heredia con sus cuentos: "Entre las sombras" y "Gorgón".
-Gonzalo Pantigoso Laysa con sus cuentos: "El Piano y el Péndulo" y "Conversaciones".
-Gloria Díaz Azalde con sus cuentos: "El jugador" y "Corazón de nieve".
-Eduardo Hervias Camacho con su cuento: "El Puente".
-Marcos Patricio Jaico con sus cuentos: "Pasión de Arena" y "Doce de Setiembre".
-Marlon Vega Moya con su cuento: "Isla Desierta".
-Pablo Alberto Torres Villavicencio con sus cuentos: "El pozo" y "Extraña Atracción".

jueves, 24 de junio de 2010

Sobre la antología de Isla Blanca.

La antología del Grupo Literario Isla Blanca "Atravesando la Nada" es un libro que tiene cuentos de varios autores pertenecientes al Grupo Literario Isla Blanca, sin embargo, la presentación oficial del libro será para fines de junio o principios de julio de 2010. De cualquier manera el libro ya está siendo vendido. Pronto escribiré más con respecto a él.

Algunas veces he estado escribiendo en portugués, pues es un idioma que estoy aprendiendo y es similar al español. Por eso muchos de mis cuentos en español los he traducido al portugués.

Pablo Torres Villavicencio

jueves, 10 de junio de 2010

A VOZ

A VOZ

Chegou a casa depois do trabalho, a luz da sala estava ascendida. Antes de ingressar pensou no que lhe diria a sua mulher, mas, então, deu-se conta de que já não sabia o que ia dizer. Tentou recordar mais não pôde e ao ver a sua mulher tão formosa desistiu do tudo. Jantaram ligeiramente e depois fizeram amor.
Ele acordou na madrugada sobressaltado por uma voz que entre sonhos lhe gritou ao ouvido: “¡Tens que poder!” E foi tão real que ele já não pôde dormir. Saiu da cama para acender a luz da habitação. Observou a sua mulher que dormia indefesa e ficou a olhando com carinho por um bom momento. No entanto, conforme olhava-a começou a sentir verdadeiro incomodo, dor de cabeça e uma forte opressão no peito. Não entendeu que sucedia, mas depois uma lágrima rodou por uma de suas bochechas. Apagou a luz e tentou dormir, mas não o conseguiu.
No transcurso do dia, ainda no trabalho, esteve tratando de recordar o que tinha que lhe dizer a sua mulher; mas tinha-o esquecido. Desde menino sua memória era-lhe infiel especialmente com o desagradável. Nesta ocasião, no entanto, a amnesia tinha superado às outras vezes. Então, aquela voz enojada interrompeu-lhe: “Tens que poder!” Olhou a todos lados, mas seu escritório estava vazio.
Aquela noite ao fazer amor com sua mulher seguiu escutando a voz que se misturava com as carícias e gemidos. Na madrugada novamente acordou-o e seguiu-lhe incomodando até que soou o despertador.
Ele seguiu tentando recordar. E de quando em quando lhe vinham como imagens, mas depois voltava ao esquecer tudo.
Chegou a noite e a voz era mais insistente. Tratou de fazer amor com sua mulher, mas não pôde. Na madrugada outra vez o grito: “Tens que poder!”, fê-lo acender a luz. Fixou a vista em sua mulher e uma força desconhecida o fez pegar um almohadón e tratar de asfixiá-la. Ela sentiu que se afogava e tentou o arranhá-lo. Quase a ponto de morrer ele tirou a almohada de seu rosto e ela esteve por um bom momento tratando de recuperar o alento. Depois reagiu e lhe increpó a ele sua atitude homicida. Ele lhe pediu perdão. Disse-lhe que não era ele. Que era “a voz” a que o dominava. Ela assustada tentou deixar a casa, mas ele lhe suplicou que não o fizesse. Prometeu-lhe que iria ver a um psiquiatra e que tudo estaria bem.
Os medicamentos e a terapia recomendada pelo psiquiatra o aliviaram. Deixou de escutar a voz, e voltou a fazer amor com sua mulher como antes. No entanto, a mulher não punha maior entusiasmo em suas relações carnais. Diríase que não precisava de sexo.
Tudo esteve em acalma até que no trabalho se encontrou com aquele envelope anônimo com fotografias em cima de sua escrivaninha e então recordou aquilo do que tinha tido notícias dias antes. A voz voltou a revelar-se: “Tens que poder!” “Tens que poder!” “Tens que poder!”
A forte dor na cabeça e o acosso da voz obrigaram-lhe a regressar a casa cedo. Encontrou a sua mulher e ao amante na cama. Quase não o notaram, mas finalmente advertiram sua presença e o homem se vestiu rapidamente, e se marchou igual de rápido. Ela tratou de lhe explicar tudo a ele. No entanto, ele parecia acalmado. E com muita acalma foi à cocina de onde pegou a faca. Ela ao o ver se pôs a gritar e a rogar por sua vida, mas ele não a escutava, não podia a escutar. Só escutava à voz que lhe dizia: “Tens que poder!” E sim pôde.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

sábado, 1 de mayo de 2010

O PEIXE QUE QUERIA VOAR

O PEIXE QUE QUERIA VOAR

O peixe chamava-se Paco e sonhava con voar. Não era como os outros peixes, Paco era raro. Os que o conheciam lhe diziam ao o ver olhando para o céu.
-¡Ouve, não estejas tão distraído ou comer-te-á um peixe maior!
Mas Paco não lhes escutava, ele seguia concentrado em seu desejo. ¿Por que queria tanto voar? ¿Talvez lhe vinha de família? Não era por seus antecedentes familiares, isso era seguro, pois em sua família nunca se escutou de peixe algum que quisesse deixar o água por sua gosto. O único de sua família que foi sacado do água, junto com outros peixes cativos, numa gigantesca rede, foi seu tio Luto, do que já não se soube mais.
No entanto, tinha antepassados ilustres. Um tio avô seu participou uma vez na grande maratona de peixes do mar de Chimbote. E seu bisabuelo paterno tinha brigado na guerra das “caballas contra os bonitos”, depois da guerra tinha sido condecorado. A família ainda conservava a medalha que lhe fosse outorgada como lembrança.
Não lhe vinha de família aquele anseio tão particular. O queria voar simplesmente pelo desejo de sentir-se livre como o vento e de conhecer outros lugares. Desejava conhecer a terra, a seus animais e plantas, à humanidade. Desejava conhecer o céu, observá-lo tudo desde o alto e, talvez, chegar à Lua.

Uma vez, foi onde um peixe psíquico que lhe contou que os homens já tinham chegado à Lua, também, lhe contou a respeito de um homem muito sábio chamado Julio Verne quem predisse num de seus livros as viagens espaciais. Inteirou-se, também, por médio do adivinho sobre os pioneiros da aviação humana. Tudo isto naturalmente lhe impressionou. O sabia dos chamados peixes voladores, também, dos delfines e outros peixes que saltavam fora do água; mas não sabia de peixes que realmente voassem como os pássaros. Em isto, obviamente, os peixes não eram capazes de competir com os humanos.
-¡Bons dias, Paco! –disse uma melodiosa e juvenil voz feminina.
Era uma voz conhecida para ele. Tratava-se de um peixe hembra que tinha por nome Catalina e amava a Paco, mas ele… só queria voar. Acercava-se sempre coqueta a Paco, queria que ele a fecundara; mas ele só queria voar.
-¡Ouve, Paco! ¿É que não me vez? ¿Por que olhas tanto ao céu? –gritou ela enfurecida ao mesmo tempo que o mordia.
-¡Ai! ¡Catalina, que te passa! ¡¿É que tens fome?! –gritou adolorido Paco.
-¿Por que não me prestas atenção, Paco?
Já entendo o que passa, é que te cries o centro do universo. Não vês que estou a pensar na forma de voar. ¿Não cries tu que o mais maravilhoso que poder-lhe-ia ocorrer a alguém seria o poder voar?
-Pois, eu acho que há algo muitíssimo mais maravilhoso –disse ela com a voz, ainda, mais melodiosa que dantes.
-¡¿Mais maravilhoso que voar?! –disse intrigado Paco, deixando de olhar ao céu, para fincar seus olhos nela e notar que era muito formosa- ¿Mas que pode ser mais maravilhoso que voar?
-Pois, é algo bem mais maravilhoso e está a teu alcance.
-¿Está a meu alcance?
-Está muito a teu alcance, isto é sempre tem estado, e tu não te dás conta por estar sempre olhando ao céu. Se deixasses de olhar acima ainda que seja um pouco dar-te-ias conta disso que é bem mais maravilhoso e tu não valorizas.
-Faz favor, dime de uma vez de que se trata.
-¿Que não te dás conta?
-Pois… não.
-¡És tão tonto!
E Catalina foi-se, rapidamente, sem dizer-lhe nada mais.
-Mas, Catalina, não me deixes com a curiosidade. Dime que é isso tão maravilhoso…
Paco não entendia por que Catalina actuava dessa maneira tão estranha. E pensar que era ele a quem criam louco. Conhecia a Catalina desde que eram meninos e ela sempre o tinha respeitado, inclusive quando os outros peixes se burlavam dele e de seu sonho de voar. Ainda que quiseram interná-lo num manicomio de peixes, ela se pôs de parte dele; mas agora era ela a rara. Tinha-se posto assim desde que começaram a crescer… A crescer, era verdadeiro. Já não eram uns meninos e ela se tinha voltado uma garota muito curiosa. Claro que Paco tinha notado essa mudança.
Paco vinha de uma família religiosa, uma família que era cuidadosa com o da moral e os bons costumes. À família de Paco não gostava as extravagancias. Paco tinha falado já com seus pais a respeito de aprender química e física na universidade de peixes, com o fim de construir uma máquina voladora; mas estes se tinham enojado com ele e o tinham castigado, sem permissão a sair de sua casa, por uma semana. Desde essa ocasião já não lhes contava nada de seus sonhos. Pôs-se a aprender química e física por sua conta, mediante os livros da biblioteca pública municipal de peixes de Chimbote. E é que os peixes têm suas bibliotecas e instituições educativas num lugar onde não chegam os humanos, pois há sirenas e peixes magos que lhes impedem se dar conta do que realmente há no mar, sempre que os homens chegam com suas naves submarinas e seus trajes de buzos, só conseguem ver o que os peixes querem lhes fazer ver. Isto é necessário devido à cobiça e desejo de poder dos homens.
Em certa ocasião, Paco acercou-se o mais perto possível à praia, pois não é recomendable para um peixe se acercar demasiado à orla do mar, já que poderia ficar varado ou ser comido por uma gaviota. Ademais, a contaminação do mar chimbotano, sobretudo em suas orlas, prejudica a homens e peixes. Mas Paco queria ver a cidade e aos humanos, ainda que fosse de longe. Foi nessa ocasião, também, quando conseguiu examinar as asas de uma gaviota morrida, com o fim de construir mais adiante sua máquina voladora. Observou ao ave desde todos os ângulos e fez comparações com as que voavam no céu. Foi esse um momento histórico.
-¡Paco! –la dulce voz de Catalina nuevamente lo sorprendió.
-¿Ah? ¡Hola, Catalina!
-¿Já sabes que é isso tão maravilhoso?
-¿Isso tão maravilhoso? –respondeu Paco como se não entendesse- Pois… se.
-¡¡Isto é que o sabes!!
-Claro que sim, mas não estou de acordo contigo –contestou distraidamente Paco.
-¿Mas por que? –perguntou chorando Catalina.
-É que… nadar faz-se-me aburrido, eu nadei toda minha vida e não me parece a grande coisa –disse ele enquanto seguia observando as gaviotas.
-¡És um estúpido! –gritou com raiva ela.
Paco voltou-se assustado a olhá-la e notou que tinha estado chorando, quis a deter, então; mas ela se foi rapidamente.
-¡Espera, Catalina! ¡Catalina! ¡Já se foi! –disse Paco lamentando-se, mas não a seguiu.
Foi, então, quando Paco teve que enfrentar uma de suas maiores provas. A malvada bruxa do mar de Chimbote era a encarregada de impedir o progresso e o desenvolvimento. Ela conhecia bem a história do legendario peixe volador que segundo se dizia apareceria num dia para unir a homens e peixes. Tratava-se de uma história fantástica, de uma profecia, de um mito. Mas a bruxa não queria correr riscos com Paco. Assim que enquanto este olhava ao céu lhe lançou uma seta envenenada que felizmente só o rozó, mas o deixou à beira da morte.
Paco desmaiado e mau ferido foi encontrado por Catalina, quem o auxilió; mas o veneno começou a fazer efeito. O médico fez todo o que pôde, mas agora dependia de Paco e de seu desejo de aferrarse à vida. A fiebre fazia-o delirar, sonhava com a grande máquina voladora, sonhava com a fama e a glória, sonhava com Catalina.
Quando abriu por fim os olhos encontrou outros que o amavam. Eram os olhos de Catalina que não tinha deixado do cuidar. Por fim a fiebre tinha passado, seu organismo tinha vencido ao veneno. Agora compreendia com clareza o que não tinha podido ou não tinha querido ver. Compreendia que Catalina o amava. Mas não podia se apaixonar dela, não. Ainda não sabia se em algum dia voaria. E se talvez voava. ¿Talvez, esse seria sua última tentativa? ¿Talvez, morreria cumprindo seu sonho? ¿Que tão alto voaria? ¿Talvez até a Lua? Seguramente teria dificuldades para respirar. E os peixes só respiram baixo o água. Claro que ele tinha pensado na elaboração de uma borbulha que estivesse cheia em sua metade de ar e em sua metade de água. Para isso estava a estudar química. Teria que elaborar a borbulha o mais resistente possível, bem como confeccionarse umas asas que estariam a ambos lados da borbulha e pôr-se-iam em funcionamento desde dentro dela. Se é que não achava algum outro modo de se elevar. Depois, talvez, poderia pensar em se casar, mas agora não. Agora era um joão ninguém. Todos seus irmãos tinham triunfado. Tinham sua própria família e tinham optado por oficios mais práticos. Mas ele seguia sonhando.
Seguiu sonhando assim durante muito tempo. No entanto, suas tentativas foram vãs, em parte devido à grande bruxa que o confundia mediante sua magia para que não tivesse sucesso. Por todo isso se foi cansando e caiu numa grande depresión. Depois soube que Catalina quem tinha ficado huérfana, desde que era uma menina, casar-se-ia obrigada por seu ambicioso tio com um velho peixe, ricachón e feio, a quem ela não amava. ¿Também perdê-la-ia a ela? Talvez, era o melhor, pensou Paco. Com ele não teria tido futuro, ele só era um fracassado, um perdedor.
Já não era importante para ninguém que ele seguisse vivendo. A ninguém importar-lhe-ia sua morte. O mar de Chimbote poderia seguir como sempre e ninguém notaria a ausência do louco peixe que queria voar. Ofereceu-se, então, a um peixe maior para que lho comesse… O peixe ia comer-lhe o, mas quando estava pelo fazer apareceu Catalina e atacou ao peixe para defender a Paco. O peixe grande poderia tê-la matado, mas não o fez. Só se foi, enquanto lhe dizia a Paco.
-¡¿Como podes querer morrer se tens a uma garota como esta que te ama?!
-¡¿Querias-te matar, Paco?! –perguntou-lhe assustada Catalina.
-¿É verdadeiro que te casas cedo? –foi a resposta de Paco.
-Tu, também, te inteiraste disso. ¡Pois, não! Jamais casar-me-ia obrigada e sem amor.
-Então, casa-te comigo.
E casaram-se. Ainda que Paco não tinha muito que lhe oferecer em bens materiais. Mas decidiram esforçar-se juntos para sair adiante… No entanto, o amor não loucura tudo, e Paco não tinha sido curado de seu sonho de voar. Apesar de que como casado tinha novas ocupações e responsabilidades, e ainda que tinha já um filho, seguia em seu tempo livre com seu sonho. Continuava com suas investigações. Esta persistencia de Paco atraiu a ira da bruxa do mar de Chimbote quem raptó a sua mulher e a seu filho.
Paco foi procurar-se à bruxa disposto a enfrentá-la, agora só queria recuperar aos que amava. Mas em seu caminho e como estava a viajar ainda cerca da superfície e distraído, sentiu que o jalaban para acima, o sacando fosse do água. Tratava-se de uma gaviota que o tinha pegado para lho comer, mas Paco estava fascinado. Ao fim estava a cumprir seu sonho de voar e vê-lo tudo desde o mais alto, quase podia tocar as nuvens e seguramente chegaria até o sol. A profecia do peixe volador tinha-se cumprido apesar de tudo. A bruxa não tinha podido o deter. Não importava se ia morrer, o sonho se tinha realizado.
Mas ele não queria que lhe passasse nada a Catalina nem a seu filho… Ele não podia morrer, tinha que salvar a sua família. Devia safarse do bico dessa gaviota. Não podia lhe falhar a Catalina, não podia lhe falhar a seu filho… Sua vida se evaporaba através de suas escamas. Sofria o paradoxo do prazer e a dor enquanto o destino cortava-o ao meio… Então ocorreu o milagre… Outras gaviotas famintas atacaram à que o estava a assassinar para lho disputar, mas isto fez que o ave o soltasse e Paco simplesmente caiu e caiu… Caiu sobre os pescados que estavam na cubeta de uns pescadores, os quais se achavam num pequeno bote. Um deles disse:
-Olha, Roberto, essas gaviotas soltaram este peixe.
-Sim, Carlos, com ele faremos um rico ceviche.
Esse seria o final de Paco ao que parece, após ter realizado aquela maravilhosa façanha, agora que era um herói… Quando achou que o destino lhe tinha dado uma segunda oportunidade… Simplesmente teria um final efémero, já não seria Paco o peixe volador, seria Paco o ceviche… Acompanhado de muito limón, cebolla e cancha…
-Roberto, acho que se este peixe pôde livrar-se das gaviotas é porque tem uma missão nesta vida mais importante que a de ser ceviche –disse Carlos enquanto devolvia a Paco ao mar.
Paco foi devolvido ao mar onde pertencia, ainda que sua alma vivia a vida de um pássaro; mas agora seu corpo estava ferido e manava dele, um grito de vingança, justiça e reinvindicación. Não tinha tempo que perder, devia ir por auxilio às autoridades. O água desenhava ante ele as formas de Catalina e de seu pequeno filho desesperados e ele o estava ainda mais.
-Tem que esperar –disseram-lhe quando foi por ajuda, depois lhe fizeram encher uns documentos.
-¡Ah! ¡Trata-se da bruxa do mar de Chimbote! –então fizeram-lhe esperar mais, para finalmente mandá-lo a esperar a sua casa.
Ao que parece as autoridades não o iam ajudar. Foi, então, a pedir auxilio aos delfines, às baleias, às sirenas…, mas ninguém queria enfrentar à bruxa:
-É inútil -disseram-lhe –até os tiburones e os mais poderosos peixes magos temem-lhe à bruxa.
A bruxa do mar de Chimbote, era mais poderosa que as bruxas de outros mares. Até a rainha das bruxas do mar tinha-lhe respeito, não obstante ser ligeiramente superior a ela. E, por suposto, também, lhe superava em poder o legendario Rei do mar com seu tridente, mas o vivia demasiado longe em seu longínquo palácio, ao que não podia chegar qualquer peixe. Era óbvio que Paco se achava só. O único que lhe ficava por fazer era pedir clemência à bruxa.
-Libera a minha esposa e a meu filho e prometo-te que nunca mais tentarei voar –disse-lhe quando foi à ver.
-¡Mas soube que já voaste!
-Isso foi só um acidente, em realidade eu tinha pensado fazer um artefacto volador, mas aqui te trago o resultado de todas minhas investigações.
E mostrou-lhe uma espécie de borbulha que tinha traido consigo. Era grande como para dois tripulantes, mas não tinha asas senão mais bem uma plataforma, e uns botões. Podia-se ingressar na borbulha atravessando-a com o corpo, pois era flexível e não se rompia.
-Assim que já o ias conseguir –disse rindo a malvada bruxa- Agora converter-te-ei em pedra como fiz com tua mulher e teu filho, e como fiz com aqueles que quiseram voar como tu.
-¡¿Dime por que tanto ódio?!
-¿Queres sabê-lo realmente? Teve um tempo em que todo era felicidade no mar de Chimbote. O equilíbrio e o progresso iam da mão. Nesses tempos minha magia protegia o bom, mas depois a escuridão foi-se apoderando de muitos de nós e só ficam poucos peixes magos que façam o bem. Tu és um deles, Paco. Teu persistencia é uma poderosa força mágica e por isso terás que morrer.
-Bom, mas primeiro terás que me atrapar –disse Paco ingressando na borbulha e pondo-a em funcionamento- Todos estes anos estudando química e física me serviram de algo.
O aparelho começou a elevar-se rapidamente por propulsão. A bruxa furiosa introduziu-se dentro, também, tratando de deter a Paco; mas num instante já estavam a voar sobre o oceano. Era algo realmente maravilhoso. Um momento bem mais emocionante que quando Paco voasse inicialmente com a gaviota. Desta vez se tinha-o conseguido por se mesmo. Paco era realmente o legendario peixe volador… Mas faltava uma pergunta para responder… Se já tinha a máquina ¿por que não a tinha usado dantes? ¿Por que teve que ser a gaviota a que o fizesse voar pela primeira vez? Não importava alguma razão teria ele, de todos modos eram instantes supremos.
Para a bruxa, no entanto, era o Apocalipsis, a cabeça tinha-se-lhe caido aos pés ou melhor dito à bicha, a raiva tinha dado passo ao temor e ao desconcerto. Não atinaba a fazer nenhum movimento. Paco estava preparado, no entanto. Saltou da nave accionando logo um mecanismo, com o controle remoto que tinha na boca, para endurecer a borbulha. A bruxa não podia sair. A nave seguiu ascendendo e ascendendo e ascendendo…
Paco golpeou-se um pouco ao cair ao água, mas sobreviveu. Foi em procura dos seus. Ali estava Catalina e seu filho. Ali estavam muitos peixes que dantes tinham sido convertidos em pedra pela bruxa. ¿Mas que tinha ocorrido com a bruxa? Paco não tinha desenhado em seu aparelho volador nenhum mecanismo para respirar, fora do água, ainda. E a nave tinha-se elevado até o espaço. A bruxa simplesmente tinha-se asfixiado e seu feitiço tinha-se rompido.
O bem sempre triunfa. Como em todas as boas histórias, o herói salva a sua amada. O mau é derrotado. Por isso há festa no mar de Chimbote. É a homenagem que se faz ao invencible e indestructible, ao ingenioso, ao gigante e generoso, Paco o peixe volador que venceu à malvada e horrível bruxa.
NOTA.- Por suposto, desde então Paco foi muito feliz com Catalina e seu filho; mas este relato não inclui a história de como construiu sua segunda máquina voladora e dos novos perigos que enfrentou. Isso será parte da seguinte aventura de Paco o peixe volador…

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

viernes, 12 de febrero de 2010

EL CUADRO

EL CUADRO

Horacio estaba al borde del suicidio. Su jefe lo explotaba y humillaba. Además, Gabriela su novia lo había dejado por Ernesto un médico exitoso. “¡Tranquilo todo pasa!”, le había dicho un amigo al que le había contado sus problemas. Pero para él no era así. Él ya no tenía ganas de seguir viviendo.
Aquella noche volvió del trabajo con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Como estaba distraído no advirtió que un desconocido lo seguía. Cuando estaba abriendo la puerta de su casa, el extraño le dijo:
-¡Hola, Horacio, la vida no te trata muy bien! ¿Verdad?
Horacio miró al hombre, pero no lo reconoció de ningún lado.
-¿Cómo sabe mi nombre?
-Eso no es importante. Sólo te debe importar que tengo algo que puede cambiar tu destino.
-¿De qué habla?
El hombre por toda respuesta le mostró un pequeño cuadro que traía consigo y que a Horacio le dio la sensación de que lo llamaba como si tuviera vida. El lienzo tenía una pequeña rasgadura, pero lo que más llamaba la atención es que en él había personas apuñaladas, otras presentaban huellas de disparos, otras tenían quemaduras y golpes.
-¿De quién es ese cuadro? –preguntó.
-Es de un pintor anónimo de la Edad Media. Pero quien lo pintó no es importante. Lo importante es que este cuadro puede realmente cambiar la realidad. Aquello que desees lo tendrás. Yo ya no lo necesito porque ya tengo todo lo que quiero, por eso te lo regalo. Quédatelo –dijo como si tuviera prisa en deshacerse de él.
-Pero… -intentó objetar Horacio, mas enseguida pensó que ya no importaba si se lo quedaba o no- Está bien.
El misterioso sujeto se despidió rápidamente, pero antes le dijo:
-Recuerda que todo lo que desees ya no podrá ser revertido.
Horacio no se tomó muy en serio lo del cuadro, pero lo colgó en su sala. Se quedó mirándolo mientras recordaba a Gabriela y deseó que ella volviera a su lado. Fue cuando lo notó. El cuadro era aparentemente el mismo, pero la rasgadura había crecido y se veía una nueva imagen. Era la figura de un hombre tirado sobre un charco de sangre y muy golpeado, pero pudo reconocerlo. Era Ernesto. Al día siguiente leyó en los periódicos sobre el trágico fallecimiento de Ernesto. Éste había estado tratando de tomar un taxi cuando un vehículo se había subido a la vereda y lo había matado.
Al poco tiempo recuperó a Gabriela. Ella lo buscó y le pidió perdón diciéndole que no comprendía como había podido cambiarlo por otro, que ahora sólo pensaba en él día y noche, que ya no vivía en paz. Él la aceptó nuevamente, pero sabía que de algún modo ello no era normal, que, tal vez, todo era causado por el poder del cuadro. Sin embargo, él sólo quería ser feliz. Por ello deseó también tener mucho dinero. Y esta vez en el cuadro apareció la imagen de otro hombre masacrado, era su jefe.
El hijo de su anterior jefe tomó la dirección de la empresa y lo ascendió, subiéndole además el sueldo de un modo considerable. Pero él deseaba más y cuanto más pedía, más víctimas cobraba el cuadro y más se rasgaba. “Es la ley de la compensación”, se decía, “algo debe morir para que nazca algo nuevo”.
Tenía salud, dinero y amor. Pero siempre deseaba algo más, y el cuadro seguía llenándose. Cuando Horacio se dio cuenta del peligro ya era demasiado tarde. El cuadro estaba tremendamente rasgado y lleno de imágenes de cadáveres, se diría que iba a reventar. Desde dentro de él salía humo y un fuerte hedor. Además empezaron a escucharse los lamentos de sus víctimas, gruñidos y risas desquiciadas. Él trató de deshacerse del cuadro, mas no pudo. Intentó destruirlo, pero no resultó. Entonces, decidió que lo mejor era huir.
Se llevó con él todo lo de valor. Y partió en su auto junto con Gabriela tratando de poner distancia entre ellos y el cuadro. Su único deseo era liberarse de la maléfica pintura. Aquella mágica obra de arte le había dado la felicidad y ahora lo ponía en peligro. No sabía lo que ocurriría cuando el cuadro se terminara de rasgar. Acaso cobraría nuevas víctimas o simplemente acabaría todo. Estaba tan aturdido por todo esto que no pudo esquivar el camión que lo embistió.
Su auto había quedado destrozado, pero el que había sufrido el mayor daño había sido él. Gabriela tenía sólo algunos rasguños. Se acercó a él cuando éste ya se moría. Ella miró al cielo y preguntó el porqué. Él la miró a ella y sólo dijo con sus últimas fuerzas: “Es la ley de la compensación algo debe morir para que nazca algo nuevo”.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

EL LIBRO

EL LIBRO

He venido a verlo porque deseo que me preste aquel libro. Me hace ingresar y me invita a tomar asiento en una sala pequeña, pero que llama enormemente la atención por las perturbadoras pinturas en las que hay ojos sangrantes que parecen seguir a la persona con la mirada. También, estrellas rojas, espadas largas y cortas, fuego y humo.
Sin rodeos, le digo que necesito aquel libro antiguo para un informe monográfico de historia universal.
-Lo siento, no puedo prestártelo –dice Mario- Es un libro al que estoy muy apegado.
Noto que su expresión cambia y ahora está incómodo. Yo he visto antes ese libro cuando lo ha llevado a la universidad, pero es cierto que nunca lo presta. Sin embargo, sé que se trata de un libro de historia antiguo. Un libro en el que he pensado mucho últimamente.
-En este momento estoy ocupado. Ven otro día –me dice.
Me despido.

Ha pasado más de una semana, pero advierto que Mario sigue llevando el libro a las clases en la universidad y no se separa de él ni cuando va al baño. Todo esto me llama mucho la atención. Quisiera examinar detenidamente ese libro.
En casa me dedicó a organizar mi información y a redactar un informe, pero es algo tarde y tengo sueño. Debo seguir, mas estoy cansado. De pronto, se apaga la luz y no entiendo bien de que se trata, pero siento una extraña presencia cerca. Entonces, me llaman por mi nombre: “Rafael”, “Rafael” y es una voz que nunca he escuchado, una voz que me produce escalofríos y realmente ha empezado a hacer frío, ahora estoy temblando. “¿¡Qué quieres!?”, respondo y se escucha una risa burlona. “¡Eres tú el que quería tenerme!” “¡Pues ahora me tendrás!”, es su contestación. En medio de la oscuridad veo un objeto incandescente, como si viniera de lo más profundo del infierno, a poca distancia de mí. Lo reconozco es aquel libro de Mario. Y no sé por qué, pero sólo deseo cogerlo, apropiarme de él. Extiendo la mano para tomarlo y entonces me ensucio con algo. Me alumbro con mi celular y descubro que es sangre. De pronto, siento que me mueven. Despierto y es mi madre diciéndome que me vaya a dormir a mi cama.
Estoy en la universidad cuando me entero de la noticia, Mario se ha suicidado. Ha dejado una carta, pero no para explicar su decisión sino para pedir que lo entierren con el libro. Al velorio asisten pocas personas, él casi no tenía amigos. Me acerco a ver su cuerpo y parece dormir. Entonces, me doy cuenta que el libro está con él. Ambos se irán juntos a la tumba. “¡No si puedo impedirlo!”, pienso. Pero tengo que esperar el momento propicio. Voy a casa y traigo un desarmador luego espero el instante en que los pocos que han asistido están en otras habitaciones dormitando. Empleo mi herramienta para aflojar los tornillos y levantar la parte superior del ataúd. Sólo necesito abrirla un poco para quitarle el libro, pero no lo suelta. Tengo que quitar toda la tapadera y dejarla en el suelo soportando todo el olor que despide su cuerpo. Me tapo la nariz con un pañuelo e intento apoderarme del libro. Sus manos no lo sueltan y de pronto abre los ojos. ¡Esos ojos! Pero ha sido sólo impresión mía, no puede ser. Lo observo nuevamente y están cerrados. Ahora, empleo el desarmador que traigo como palanca y abro, uno a uno, sus dedos. Por fin, tengo el libro; pero tengo la impresión de que va a levantarse y luchará por él. Por eso vuelvo a colocar nuevamente la tapadera y cierro rápidamente. Siento que viene alguien. Me guardo el libro en la mochila y hago como que estoy rezando.
No asisto al entierro. Estoy en mi cuarto examinando el libro. Aparentemente es sólo un libro antiguo de historia. Pero entonces leo en el epílogo una advertencia, una especie de maldición. Y descubro que ya nunca podré separarme de ese libro, no si quiero seguir vivo. Dudo por un momento, tal vez, el libro miente. Cojo un encendedor y acerco su llama a sus hojas, pero no se queman. Le hecho gasolina, pero no pasa nada. El libro es incombustible. Trato de romperlo, pero es imposible, y me lastimo las manos. Lo entierro en el jardín, pero aparece en mi cuarto. Voy a la playa y lo lanzo al mar, pero al regresar a casa todavía está allí. Se me pasa por la cabeza regalarlo, pero no sé lo que pueda pasar. No quiero que nadie muera por mi causa.
El tiempo pasa y voy con el libro a todas partes. Un amigo mío, Esteban, se ha interesado en él, pero no se lo presto. Mis días desde que tengo el libro no son los mismos. Ahora no tengo un minuto de paz. Siento angustia a cada momento. Y pienso en terminar con mi vida, pero me detiene pensar que otro podría quedarse con el libro y sufrir lo mismo que yo. Entonces, escribo una carta pidiendo que el libro se vaya conmigo, luego preparo el veneno.
Ya he muerto y no es tan malo. Al menos el libro no molestará a nadie más. Pero allí está Esteban y recuerdo que él quería tenerlo. Se acerca para supuestamente mirar mi cadáver, pero en realidad quiere observar el libro. Y no sé bien porque, pero siento celos de que lo mire. El sentimiento que yo tenía guardado hacia el libro ha despertado. “¡No puede mirarlo de esa manera!”, pienso. Abro los ojos y le grito: “¡No te lo llevarás, éste es mi libro!” El sonríe y sigue mirándolo.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

LA VOZ

LA VOZ

Llegó a casa después del trabajo, la luz de la sala estaba encendida. Antes de ingresar pensó en lo que le diría a su mujer, pero, entonces, se dio cuenta de que ya no sabía lo que iba a decir. Intentó recordar más no pudo y al ver a su mujer tan hermosa desistió del todo. Cenaron ligeramente y luego hicieron el amor.
Él despertó en la madrugada sobresaltado por una voz que entre sueños le gritó al oído: “¡Tienes qué poder!” Y fue tan real que él ya no pudo dormir. Salió de la cama para encender la luz de la habitación. Observó a su mujer que dormía indefensa y se quedó mirándola con cariño por un buen rato. Sin embargo, conforme la miraba empezó a sentir cierto fastidio, dolor de cabeza y una fuerte opresión en el pecho. No entendió que sucedía, pero luego una lágrima rodó por una de sus mejillas. Apagó la luz e intentó dormir, mas no lo consiguió.
En el trascurso del día, aun en el trabajo, estuvo tratando de recordar lo que tenía que decirle a su mujer; pero lo había olvidado. Desde niño su memoria le era infiel especialmente con lo desagradable. En esta ocasión, sin embargo, la amnesia había superado a las otras veces. Entonces, aquella voz enojada le interrumpió: “¡Tienes qué poder!” Miró a todos lados, pero su oficina estaba vacía.
Aquella noche al hacer el amor con su mujer siguió escuchando la voz que se mezclaba con las caricias y gemidos. En la madrugada nuevamente lo despertó y le siguió molestando hasta que sonó el despertador.
El siguió tratando de recordar. Y de cuando en cuando le venían como imágenes, pero luego volvía a olvidarlo todo.
Llegó la noche y la voz era más insistente. Trató de hacer el amor con su mujer, mas no pudo. En la madrugada otra vez el grito: “¡Tienes qué poder!”, lo hizo encender la luz. Fijó la vista en su mujer y una fuerza desconocida lo hizo coger un almohadón y tratar de asfixiarla. Ella sintió que se ahogaba e intentó arañarlo. Casi a punto de morir él quitó la almohada de su rostro y ella estuvo por un buen rato tratando de recuperar el aliento. Luego reaccionó y le increpó a él su actitud homicida. Él le pidió perdón. Le dijo que no era él. Que era “la voz” la que lo dominaba. Ella asustada intentó dejar la casa, pero él le suplicó que no lo hiciera. Le prometió que iría a ver a un psiquiatra y que todo estaría bien.
Los medicamentos y la terapia recomendada por el psiquiatra lo aliviaron. Dejó de escuchar la voz, y volvió a hacer el amor con su mujer como antes. Sin embargo, la mujer no ponía mayor entusiasmo en sus relaciones carnales. Se diría que no necesitaba de sexo.
Todo estuvo en calma hasta que en el trabajo se encontró con aquel sobre anónimo con fotografías encima de su escritorio y entonces recordó aquello de lo que había tenido noticias días antes. La voz volvió a revelarse: “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!”
El fuerte dolor en la cabeza y el acoso de la voz le obligaron a regresar a casa temprano. Encontró a su mujer y al amante en la cama. Casi no lo notaron, pero finalmente advirtieron su presencia y el hombre se vistió rápidamente, y se marchó igual de rápido. Ella trató de explicarle todo a él. Sin embargo, él parecía calmado. Y con mucha calma fue a la cocina de donde cogió el cuchillo. Ella al verlo se puso a gritar y a rogar por su vida, pero él no la escuchaba, no podía escucharla. Sólo escuchaba a la voz que le decía: “¡Tienes qué poder!” Y sí pudo.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO