EL LIBRO
He venido a verlo porque deseo que me preste aquel libro. Me hace ingresar y me invita a tomar asiento en una sala pequeña, pero que llama enormemente la atención por las perturbadoras pinturas en las que hay ojos sangrantes que parecen seguir a la persona con la mirada. También, estrellas rojas, espadas largas y cortas, fuego y humo.
Sin rodeos, le digo que necesito aquel libro antiguo para un informe monográfico de historia universal.
-Lo siento, no puedo prestártelo –dice Mario- Es un libro al que estoy muy apegado.
Noto que su expresión cambia y ahora está incómodo. Yo he visto antes ese libro cuando lo ha llevado a la universidad, pero es cierto que nunca lo presta. Sin embargo, sé que se trata de un libro de historia antiguo. Un libro en el que he pensado mucho últimamente.
-En este momento estoy ocupado. Ven otro día –me dice.
Me despido.
Ha pasado más de una semana, pero advierto que Mario sigue llevando el libro a las clases en la universidad y no se separa de él ni cuando va al baño. Todo esto me llama mucho la atención. Quisiera examinar detenidamente ese libro.
En casa me dedicó a organizar mi información y a redactar un informe, pero es algo tarde y tengo sueño. Debo seguir, mas estoy cansado. De pronto, se apaga la luz y no entiendo bien de que se trata, pero siento una extraña presencia cerca. Entonces, me llaman por mi nombre: “Rafael”, “Rafael” y es una voz que nunca he escuchado, una voz que me produce escalofríos y realmente ha empezado a hacer frío, ahora estoy temblando. “¿¡Qué quieres!?”, respondo y se escucha una risa burlona. “¡Eres tú el que quería tenerme!” “¡Pues ahora me tendrás!”, es su contestación. En medio de la oscuridad veo un objeto incandescente, como si viniera de lo más profundo del infierno, a poca distancia de mí. Lo reconozco es aquel libro de Mario. Y no sé por qué, pero sólo deseo cogerlo, apropiarme de él. Extiendo la mano para tomarlo y entonces me ensucio con algo. Me alumbro con mi celular y descubro que es sangre. De pronto, siento que me mueven. Despierto y es mi madre diciéndome que me vaya a dormir a mi cama.
Estoy en la universidad cuando me entero de la noticia, Mario se ha suicidado. Ha dejado una carta, pero no para explicar su decisión sino para pedir que lo entierren con el libro. Al velorio asisten pocas personas, él casi no tenía amigos. Me acerco a ver su cuerpo y parece dormir. Entonces, me doy cuenta que el libro está con él. Ambos se irán juntos a la tumba. “¡No si puedo impedirlo!”, pienso. Pero tengo que esperar el momento propicio. Voy a casa y traigo un desarmador luego espero el instante en que los pocos que han asistido están en otras habitaciones dormitando. Empleo mi herramienta para aflojar los tornillos y levantar la parte superior del ataúd. Sólo necesito abrirla un poco para quitarle el libro, pero no lo suelta. Tengo que quitar toda la tapadera y dejarla en el suelo soportando todo el olor que despide su cuerpo. Me tapo la nariz con un pañuelo e intento apoderarme del libro. Sus manos no lo sueltan y de pronto abre los ojos. ¡Esos ojos! Pero ha sido sólo impresión mía, no puede ser. Lo observo nuevamente y están cerrados. Ahora, empleo el desarmador que traigo como palanca y abro, uno a uno, sus dedos. Por fin, tengo el libro; pero tengo la impresión de que va a levantarse y luchará por él. Por eso vuelvo a colocar nuevamente la tapadera y cierro rápidamente. Siento que viene alguien. Me guardo el libro en la mochila y hago como que estoy rezando.
No asisto al entierro. Estoy en mi cuarto examinando el libro. Aparentemente es sólo un libro antiguo de historia. Pero entonces leo en el epílogo una advertencia, una especie de maldición. Y descubro que ya nunca podré separarme de ese libro, no si quiero seguir vivo. Dudo por un momento, tal vez, el libro miente. Cojo un encendedor y acerco su llama a sus hojas, pero no se queman. Le hecho gasolina, pero no pasa nada. El libro es incombustible. Trato de romperlo, pero es imposible, y me lastimo las manos. Lo entierro en el jardín, pero aparece en mi cuarto. Voy a la playa y lo lanzo al mar, pero al regresar a casa todavía está allí. Se me pasa por la cabeza regalarlo, pero no sé lo que pueda pasar. No quiero que nadie muera por mi causa.
El tiempo pasa y voy con el libro a todas partes. Un amigo mío, Esteban, se ha interesado en él, pero no se lo presto. Mis días desde que tengo el libro no son los mismos. Ahora no tengo un minuto de paz. Siento angustia a cada momento. Y pienso en terminar con mi vida, pero me detiene pensar que otro podría quedarse con el libro y sufrir lo mismo que yo. Entonces, escribo una carta pidiendo que el libro se vaya conmigo, luego preparo el veneno.
Ya he muerto y no es tan malo. Al menos el libro no molestará a nadie más. Pero allí está Esteban y recuerdo que él quería tenerlo. Se acerca para supuestamente mirar mi cadáver, pero en realidad quiere observar el libro. Y no sé bien porque, pero siento celos de que lo mire. El sentimiento que yo tenía guardado hacia el libro ha despertado. “¡No puede mirarlo de esa manera!”, pienso. Abro los ojos y le grito: “¡No te lo llevarás, éste es mi libro!” El sonríe y sigue mirándolo.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
viernes, 12 de febrero de 2010
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