EL CUADRO
Horacio estaba al borde del suicidio. Su jefe lo explotaba y humillaba. Además, Gabriela su novia lo había dejado por Ernesto un médico exitoso. “¡Tranquilo todo pasa!”, le había dicho un amigo al que le había contado sus problemas. Pero para él no era así. Él ya no tenía ganas de seguir viviendo.
Aquella noche volvió del trabajo con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Como estaba distraído no advirtió que un desconocido lo seguía. Cuando estaba abriendo la puerta de su casa, el extraño le dijo:
-¡Hola, Horacio, la vida no te trata muy bien! ¿Verdad?
Horacio miró al hombre, pero no lo reconoció de ningún lado.
-¿Cómo sabe mi nombre?
-Eso no es importante. Sólo te debe importar que tengo algo que puede cambiar tu destino.
-¿De qué habla?
El hombre por toda respuesta le mostró un pequeño cuadro que traía consigo y que a Horacio le dio la sensación de que lo llamaba como si tuviera vida. El lienzo tenía una pequeña rasgadura, pero lo que más llamaba la atención es que en él había personas apuñaladas, otras presentaban huellas de disparos, otras tenían quemaduras y golpes.
-¿De quién es ese cuadro? –preguntó.
-Es de un pintor anónimo de la Edad Media. Pero quien lo pintó no es importante. Lo importante es que este cuadro puede realmente cambiar la realidad. Aquello que desees lo tendrás. Yo ya no lo necesito porque ya tengo todo lo que quiero, por eso te lo regalo. Quédatelo –dijo como si tuviera prisa en deshacerse de él.
-Pero… -intentó objetar Horacio, mas enseguida pensó que ya no importaba si se lo quedaba o no- Está bien.
El misterioso sujeto se despidió rápidamente, pero antes le dijo:
-Recuerda que todo lo que desees ya no podrá ser revertido.
Horacio no se tomó muy en serio lo del cuadro, pero lo colgó en su sala. Se quedó mirándolo mientras recordaba a Gabriela y deseó que ella volviera a su lado. Fue cuando lo notó. El cuadro era aparentemente el mismo, pero la rasgadura había crecido y se veía una nueva imagen. Era la figura de un hombre tirado sobre un charco de sangre y muy golpeado, pero pudo reconocerlo. Era Ernesto. Al día siguiente leyó en los periódicos sobre el trágico fallecimiento de Ernesto. Éste había estado tratando de tomar un taxi cuando un vehículo se había subido a la vereda y lo había matado.
Al poco tiempo recuperó a Gabriela. Ella lo buscó y le pidió perdón diciéndole que no comprendía como había podido cambiarlo por otro, que ahora sólo pensaba en él día y noche, que ya no vivía en paz. Él la aceptó nuevamente, pero sabía que de algún modo ello no era normal, que, tal vez, todo era causado por el poder del cuadro. Sin embargo, él sólo quería ser feliz. Por ello deseó también tener mucho dinero. Y esta vez en el cuadro apareció la imagen de otro hombre masacrado, era su jefe.
El hijo de su anterior jefe tomó la dirección de la empresa y lo ascendió, subiéndole además el sueldo de un modo considerable. Pero él deseaba más y cuanto más pedía, más víctimas cobraba el cuadro y más se rasgaba. “Es la ley de la compensación”, se decía, “algo debe morir para que nazca algo nuevo”.
Tenía salud, dinero y amor. Pero siempre deseaba algo más, y el cuadro seguía llenándose. Cuando Horacio se dio cuenta del peligro ya era demasiado tarde. El cuadro estaba tremendamente rasgado y lleno de imágenes de cadáveres, se diría que iba a reventar. Desde dentro de él salía humo y un fuerte hedor. Además empezaron a escucharse los lamentos de sus víctimas, gruñidos y risas desquiciadas. Él trató de deshacerse del cuadro, mas no pudo. Intentó destruirlo, pero no resultó. Entonces, decidió que lo mejor era huir.
Se llevó con él todo lo de valor. Y partió en su auto junto con Gabriela tratando de poner distancia entre ellos y el cuadro. Su único deseo era liberarse de la maléfica pintura. Aquella mágica obra de arte le había dado la felicidad y ahora lo ponía en peligro. No sabía lo que ocurriría cuando el cuadro se terminara de rasgar. Acaso cobraría nuevas víctimas o simplemente acabaría todo. Estaba tan aturdido por todo esto que no pudo esquivar el camión que lo embistió.
Su auto había quedado destrozado, pero el que había sufrido el mayor daño había sido él. Gabriela tenía sólo algunos rasguños. Se acercó a él cuando éste ya se moría. Ella miró al cielo y preguntó el porqué. Él la miró a ella y sólo dijo con sus últimas fuerzas: “Es la ley de la compensación algo debe morir para que nazca algo nuevo”.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
viernes, 12 de febrero de 2010
EL LIBRO
EL LIBRO
He venido a verlo porque deseo que me preste aquel libro. Me hace ingresar y me invita a tomar asiento en una sala pequeña, pero que llama enormemente la atención por las perturbadoras pinturas en las que hay ojos sangrantes que parecen seguir a la persona con la mirada. También, estrellas rojas, espadas largas y cortas, fuego y humo.
Sin rodeos, le digo que necesito aquel libro antiguo para un informe monográfico de historia universal.
-Lo siento, no puedo prestártelo –dice Mario- Es un libro al que estoy muy apegado.
Noto que su expresión cambia y ahora está incómodo. Yo he visto antes ese libro cuando lo ha llevado a la universidad, pero es cierto que nunca lo presta. Sin embargo, sé que se trata de un libro de historia antiguo. Un libro en el que he pensado mucho últimamente.
-En este momento estoy ocupado. Ven otro día –me dice.
Me despido.
Ha pasado más de una semana, pero advierto que Mario sigue llevando el libro a las clases en la universidad y no se separa de él ni cuando va al baño. Todo esto me llama mucho la atención. Quisiera examinar detenidamente ese libro.
En casa me dedicó a organizar mi información y a redactar un informe, pero es algo tarde y tengo sueño. Debo seguir, mas estoy cansado. De pronto, se apaga la luz y no entiendo bien de que se trata, pero siento una extraña presencia cerca. Entonces, me llaman por mi nombre: “Rafael”, “Rafael” y es una voz que nunca he escuchado, una voz que me produce escalofríos y realmente ha empezado a hacer frío, ahora estoy temblando. “¿¡Qué quieres!?”, respondo y se escucha una risa burlona. “¡Eres tú el que quería tenerme!” “¡Pues ahora me tendrás!”, es su contestación. En medio de la oscuridad veo un objeto incandescente, como si viniera de lo más profundo del infierno, a poca distancia de mí. Lo reconozco es aquel libro de Mario. Y no sé por qué, pero sólo deseo cogerlo, apropiarme de él. Extiendo la mano para tomarlo y entonces me ensucio con algo. Me alumbro con mi celular y descubro que es sangre. De pronto, siento que me mueven. Despierto y es mi madre diciéndome que me vaya a dormir a mi cama.
Estoy en la universidad cuando me entero de la noticia, Mario se ha suicidado. Ha dejado una carta, pero no para explicar su decisión sino para pedir que lo entierren con el libro. Al velorio asisten pocas personas, él casi no tenía amigos. Me acerco a ver su cuerpo y parece dormir. Entonces, me doy cuenta que el libro está con él. Ambos se irán juntos a la tumba. “¡No si puedo impedirlo!”, pienso. Pero tengo que esperar el momento propicio. Voy a casa y traigo un desarmador luego espero el instante en que los pocos que han asistido están en otras habitaciones dormitando. Empleo mi herramienta para aflojar los tornillos y levantar la parte superior del ataúd. Sólo necesito abrirla un poco para quitarle el libro, pero no lo suelta. Tengo que quitar toda la tapadera y dejarla en el suelo soportando todo el olor que despide su cuerpo. Me tapo la nariz con un pañuelo e intento apoderarme del libro. Sus manos no lo sueltan y de pronto abre los ojos. ¡Esos ojos! Pero ha sido sólo impresión mía, no puede ser. Lo observo nuevamente y están cerrados. Ahora, empleo el desarmador que traigo como palanca y abro, uno a uno, sus dedos. Por fin, tengo el libro; pero tengo la impresión de que va a levantarse y luchará por él. Por eso vuelvo a colocar nuevamente la tapadera y cierro rápidamente. Siento que viene alguien. Me guardo el libro en la mochila y hago como que estoy rezando.
No asisto al entierro. Estoy en mi cuarto examinando el libro. Aparentemente es sólo un libro antiguo de historia. Pero entonces leo en el epílogo una advertencia, una especie de maldición. Y descubro que ya nunca podré separarme de ese libro, no si quiero seguir vivo. Dudo por un momento, tal vez, el libro miente. Cojo un encendedor y acerco su llama a sus hojas, pero no se queman. Le hecho gasolina, pero no pasa nada. El libro es incombustible. Trato de romperlo, pero es imposible, y me lastimo las manos. Lo entierro en el jardín, pero aparece en mi cuarto. Voy a la playa y lo lanzo al mar, pero al regresar a casa todavía está allí. Se me pasa por la cabeza regalarlo, pero no sé lo que pueda pasar. No quiero que nadie muera por mi causa.
El tiempo pasa y voy con el libro a todas partes. Un amigo mío, Esteban, se ha interesado en él, pero no se lo presto. Mis días desde que tengo el libro no son los mismos. Ahora no tengo un minuto de paz. Siento angustia a cada momento. Y pienso en terminar con mi vida, pero me detiene pensar que otro podría quedarse con el libro y sufrir lo mismo que yo. Entonces, escribo una carta pidiendo que el libro se vaya conmigo, luego preparo el veneno.
Ya he muerto y no es tan malo. Al menos el libro no molestará a nadie más. Pero allí está Esteban y recuerdo que él quería tenerlo. Se acerca para supuestamente mirar mi cadáver, pero en realidad quiere observar el libro. Y no sé bien porque, pero siento celos de que lo mire. El sentimiento que yo tenía guardado hacia el libro ha despertado. “¡No puede mirarlo de esa manera!”, pienso. Abro los ojos y le grito: “¡No te lo llevarás, éste es mi libro!” El sonríe y sigue mirándolo.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
He venido a verlo porque deseo que me preste aquel libro. Me hace ingresar y me invita a tomar asiento en una sala pequeña, pero que llama enormemente la atención por las perturbadoras pinturas en las que hay ojos sangrantes que parecen seguir a la persona con la mirada. También, estrellas rojas, espadas largas y cortas, fuego y humo.
Sin rodeos, le digo que necesito aquel libro antiguo para un informe monográfico de historia universal.
-Lo siento, no puedo prestártelo –dice Mario- Es un libro al que estoy muy apegado.
Noto que su expresión cambia y ahora está incómodo. Yo he visto antes ese libro cuando lo ha llevado a la universidad, pero es cierto que nunca lo presta. Sin embargo, sé que se trata de un libro de historia antiguo. Un libro en el que he pensado mucho últimamente.
-En este momento estoy ocupado. Ven otro día –me dice.
Me despido.
Ha pasado más de una semana, pero advierto que Mario sigue llevando el libro a las clases en la universidad y no se separa de él ni cuando va al baño. Todo esto me llama mucho la atención. Quisiera examinar detenidamente ese libro.
En casa me dedicó a organizar mi información y a redactar un informe, pero es algo tarde y tengo sueño. Debo seguir, mas estoy cansado. De pronto, se apaga la luz y no entiendo bien de que se trata, pero siento una extraña presencia cerca. Entonces, me llaman por mi nombre: “Rafael”, “Rafael” y es una voz que nunca he escuchado, una voz que me produce escalofríos y realmente ha empezado a hacer frío, ahora estoy temblando. “¿¡Qué quieres!?”, respondo y se escucha una risa burlona. “¡Eres tú el que quería tenerme!” “¡Pues ahora me tendrás!”, es su contestación. En medio de la oscuridad veo un objeto incandescente, como si viniera de lo más profundo del infierno, a poca distancia de mí. Lo reconozco es aquel libro de Mario. Y no sé por qué, pero sólo deseo cogerlo, apropiarme de él. Extiendo la mano para tomarlo y entonces me ensucio con algo. Me alumbro con mi celular y descubro que es sangre. De pronto, siento que me mueven. Despierto y es mi madre diciéndome que me vaya a dormir a mi cama.
Estoy en la universidad cuando me entero de la noticia, Mario se ha suicidado. Ha dejado una carta, pero no para explicar su decisión sino para pedir que lo entierren con el libro. Al velorio asisten pocas personas, él casi no tenía amigos. Me acerco a ver su cuerpo y parece dormir. Entonces, me doy cuenta que el libro está con él. Ambos se irán juntos a la tumba. “¡No si puedo impedirlo!”, pienso. Pero tengo que esperar el momento propicio. Voy a casa y traigo un desarmador luego espero el instante en que los pocos que han asistido están en otras habitaciones dormitando. Empleo mi herramienta para aflojar los tornillos y levantar la parte superior del ataúd. Sólo necesito abrirla un poco para quitarle el libro, pero no lo suelta. Tengo que quitar toda la tapadera y dejarla en el suelo soportando todo el olor que despide su cuerpo. Me tapo la nariz con un pañuelo e intento apoderarme del libro. Sus manos no lo sueltan y de pronto abre los ojos. ¡Esos ojos! Pero ha sido sólo impresión mía, no puede ser. Lo observo nuevamente y están cerrados. Ahora, empleo el desarmador que traigo como palanca y abro, uno a uno, sus dedos. Por fin, tengo el libro; pero tengo la impresión de que va a levantarse y luchará por él. Por eso vuelvo a colocar nuevamente la tapadera y cierro rápidamente. Siento que viene alguien. Me guardo el libro en la mochila y hago como que estoy rezando.
No asisto al entierro. Estoy en mi cuarto examinando el libro. Aparentemente es sólo un libro antiguo de historia. Pero entonces leo en el epílogo una advertencia, una especie de maldición. Y descubro que ya nunca podré separarme de ese libro, no si quiero seguir vivo. Dudo por un momento, tal vez, el libro miente. Cojo un encendedor y acerco su llama a sus hojas, pero no se queman. Le hecho gasolina, pero no pasa nada. El libro es incombustible. Trato de romperlo, pero es imposible, y me lastimo las manos. Lo entierro en el jardín, pero aparece en mi cuarto. Voy a la playa y lo lanzo al mar, pero al regresar a casa todavía está allí. Se me pasa por la cabeza regalarlo, pero no sé lo que pueda pasar. No quiero que nadie muera por mi causa.
El tiempo pasa y voy con el libro a todas partes. Un amigo mío, Esteban, se ha interesado en él, pero no se lo presto. Mis días desde que tengo el libro no son los mismos. Ahora no tengo un minuto de paz. Siento angustia a cada momento. Y pienso en terminar con mi vida, pero me detiene pensar que otro podría quedarse con el libro y sufrir lo mismo que yo. Entonces, escribo una carta pidiendo que el libro se vaya conmigo, luego preparo el veneno.
Ya he muerto y no es tan malo. Al menos el libro no molestará a nadie más. Pero allí está Esteban y recuerdo que él quería tenerlo. Se acerca para supuestamente mirar mi cadáver, pero en realidad quiere observar el libro. Y no sé bien porque, pero siento celos de que lo mire. El sentimiento que yo tenía guardado hacia el libro ha despertado. “¡No puede mirarlo de esa manera!”, pienso. Abro los ojos y le grito: “¡No te lo llevarás, éste es mi libro!” El sonríe y sigue mirándolo.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
LA VOZ
LA VOZ
Llegó a casa después del trabajo, la luz de la sala estaba encendida. Antes de ingresar pensó en lo que le diría a su mujer, pero, entonces, se dio cuenta de que ya no sabía lo que iba a decir. Intentó recordar más no pudo y al ver a su mujer tan hermosa desistió del todo. Cenaron ligeramente y luego hicieron el amor.
Él despertó en la madrugada sobresaltado por una voz que entre sueños le gritó al oído: “¡Tienes qué poder!” Y fue tan real que él ya no pudo dormir. Salió de la cama para encender la luz de la habitación. Observó a su mujer que dormía indefensa y se quedó mirándola con cariño por un buen rato. Sin embargo, conforme la miraba empezó a sentir cierto fastidio, dolor de cabeza y una fuerte opresión en el pecho. No entendió que sucedía, pero luego una lágrima rodó por una de sus mejillas. Apagó la luz e intentó dormir, mas no lo consiguió.
En el trascurso del día, aun en el trabajo, estuvo tratando de recordar lo que tenía que decirle a su mujer; pero lo había olvidado. Desde niño su memoria le era infiel especialmente con lo desagradable. En esta ocasión, sin embargo, la amnesia había superado a las otras veces. Entonces, aquella voz enojada le interrumpió: “¡Tienes qué poder!” Miró a todos lados, pero su oficina estaba vacía.
Aquella noche al hacer el amor con su mujer siguió escuchando la voz que se mezclaba con las caricias y gemidos. En la madrugada nuevamente lo despertó y le siguió molestando hasta que sonó el despertador.
El siguió tratando de recordar. Y de cuando en cuando le venían como imágenes, pero luego volvía a olvidarlo todo.
Llegó la noche y la voz era más insistente. Trató de hacer el amor con su mujer, mas no pudo. En la madrugada otra vez el grito: “¡Tienes qué poder!”, lo hizo encender la luz. Fijó la vista en su mujer y una fuerza desconocida lo hizo coger un almohadón y tratar de asfixiarla. Ella sintió que se ahogaba e intentó arañarlo. Casi a punto de morir él quitó la almohada de su rostro y ella estuvo por un buen rato tratando de recuperar el aliento. Luego reaccionó y le increpó a él su actitud homicida. Él le pidió perdón. Le dijo que no era él. Que era “la voz” la que lo dominaba. Ella asustada intentó dejar la casa, pero él le suplicó que no lo hiciera. Le prometió que iría a ver a un psiquiatra y que todo estaría bien.
Los medicamentos y la terapia recomendada por el psiquiatra lo aliviaron. Dejó de escuchar la voz, y volvió a hacer el amor con su mujer como antes. Sin embargo, la mujer no ponía mayor entusiasmo en sus relaciones carnales. Se diría que no necesitaba de sexo.
Todo estuvo en calma hasta que en el trabajo se encontró con aquel sobre anónimo con fotografías encima de su escritorio y entonces recordó aquello de lo que había tenido noticias días antes. La voz volvió a revelarse: “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!”
El fuerte dolor en la cabeza y el acoso de la voz le obligaron a regresar a casa temprano. Encontró a su mujer y al amante en la cama. Casi no lo notaron, pero finalmente advirtieron su presencia y el hombre se vistió rápidamente, y se marchó igual de rápido. Ella trató de explicarle todo a él. Sin embargo, él parecía calmado. Y con mucha calma fue a la cocina de donde cogió el cuchillo. Ella al verlo se puso a gritar y a rogar por su vida, pero él no la escuchaba, no podía escucharla. Sólo escuchaba a la voz que le decía: “¡Tienes qué poder!” Y sí pudo.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
Llegó a casa después del trabajo, la luz de la sala estaba encendida. Antes de ingresar pensó en lo que le diría a su mujer, pero, entonces, se dio cuenta de que ya no sabía lo que iba a decir. Intentó recordar más no pudo y al ver a su mujer tan hermosa desistió del todo. Cenaron ligeramente y luego hicieron el amor.
Él despertó en la madrugada sobresaltado por una voz que entre sueños le gritó al oído: “¡Tienes qué poder!” Y fue tan real que él ya no pudo dormir. Salió de la cama para encender la luz de la habitación. Observó a su mujer que dormía indefensa y se quedó mirándola con cariño por un buen rato. Sin embargo, conforme la miraba empezó a sentir cierto fastidio, dolor de cabeza y una fuerte opresión en el pecho. No entendió que sucedía, pero luego una lágrima rodó por una de sus mejillas. Apagó la luz e intentó dormir, mas no lo consiguió.
En el trascurso del día, aun en el trabajo, estuvo tratando de recordar lo que tenía que decirle a su mujer; pero lo había olvidado. Desde niño su memoria le era infiel especialmente con lo desagradable. En esta ocasión, sin embargo, la amnesia había superado a las otras veces. Entonces, aquella voz enojada le interrumpió: “¡Tienes qué poder!” Miró a todos lados, pero su oficina estaba vacía.
Aquella noche al hacer el amor con su mujer siguió escuchando la voz que se mezclaba con las caricias y gemidos. En la madrugada nuevamente lo despertó y le siguió molestando hasta que sonó el despertador.
El siguió tratando de recordar. Y de cuando en cuando le venían como imágenes, pero luego volvía a olvidarlo todo.
Llegó la noche y la voz era más insistente. Trató de hacer el amor con su mujer, mas no pudo. En la madrugada otra vez el grito: “¡Tienes qué poder!”, lo hizo encender la luz. Fijó la vista en su mujer y una fuerza desconocida lo hizo coger un almohadón y tratar de asfixiarla. Ella sintió que se ahogaba e intentó arañarlo. Casi a punto de morir él quitó la almohada de su rostro y ella estuvo por un buen rato tratando de recuperar el aliento. Luego reaccionó y le increpó a él su actitud homicida. Él le pidió perdón. Le dijo que no era él. Que era “la voz” la que lo dominaba. Ella asustada intentó dejar la casa, pero él le suplicó que no lo hiciera. Le prometió que iría a ver a un psiquiatra y que todo estaría bien.
Los medicamentos y la terapia recomendada por el psiquiatra lo aliviaron. Dejó de escuchar la voz, y volvió a hacer el amor con su mujer como antes. Sin embargo, la mujer no ponía mayor entusiasmo en sus relaciones carnales. Se diría que no necesitaba de sexo.
Todo estuvo en calma hasta que en el trabajo se encontró con aquel sobre anónimo con fotografías encima de su escritorio y entonces recordó aquello de lo que había tenido noticias días antes. La voz volvió a revelarse: “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!” “¡Tienes qué poder!”
El fuerte dolor en la cabeza y el acoso de la voz le obligaron a regresar a casa temprano. Encontró a su mujer y al amante en la cama. Casi no lo notaron, pero finalmente advirtieron su presencia y el hombre se vistió rápidamente, y se marchó igual de rápido. Ella trató de explicarle todo a él. Sin embargo, él parecía calmado. Y con mucha calma fue a la cocina de donde cogió el cuchillo. Ella al verlo se puso a gritar y a rogar por su vida, pero él no la escuchaba, no podía escucharla. Sólo escuchaba a la voz que le decía: “¡Tienes qué poder!” Y sí pudo.
PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO
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