CIGARRO DE CANELA
Estoy viéndolo, él está frente a mí. Enciende un cigarro y absorbe con fuerza aquel humo de olor extraño, excitante. Me mira fijamente, ambos nos miramos. Por un momento, quedamos así, viéndonos a los ojos, sin decir una sola palabra. De pronto, bruscamente y presa de la confusión, interrumpo nuestro silencio y le pregunto que le pasa, a lo que él responde que no entiende.
El cigarro de Leo se consume lentamente, convirtiéndose en ceniza y volutas de humo que al expandirse inundan el ambiente del pequeño cuarto. En tanto, continúo observándolo; él me sigue viendo a los ojos, pero ahora su mirada ya no es la misma, de pronto ha cambiado, y así, la expresión de todo su rostro. Luego empieza a mirar al suelo y a absorber el humo de su cigarrillo con mucha más fuerza.
Aquel extraño olor poco a poco se ha apoderado de toda la habitación. Es un olor distinto, tan embriagante como intenso. Sentirlo me hace imaginar espectros de seres extraños, escenas de crueles asesinatos, sesiones de sexo salvaje. Pero, al mismo tiempo, me produce una extraña sensación de sosiego, que contrasta con todas las atrocidades que asaltan mi mente en este momento, y también con el recuerdo de lo acontecido con Polo, recuerdo que aflora nítidamente a la parte consciente de mi memoria.
Advierto que en sus ojos asoma un extraño brillo, y me parece en un primer momento que está a punto de llorar. Entonces le digo que si ha venido hasta acá para llorar por mí o por Polo, ya puede irse. Él no dice nada.
Leo sigue fumando, absorbiendo aquel humo tan intenso. Yo, mientras tanto, empiezo a sentirme confundido, queriendo saber el significado exacto de aquella expresión en su mirada. De pronto, él esboza una ligera sonrisa, sin dejar de mirarme a los ojos. Y entonces me parece que lo comprendo todo. Aquella mirada, pienso, no puede ser de compasión, ni tampoco de reproche. Leo ansía saber “la verdad”, entiendo; quiere él saber el detalle de los acontecimientos, de los labios del propio homicida. “Tú viniste acá para que te cuente lo que pasó. Has debido decirlo desde un comienzo”, le digo mientras él no deja de mirarme a los ojos. Sonríe y luego enciende otro cigarro. En tanto, yo me dispongo a contarle todo, mirando fijamente a sus ojos, primero, y luego posando mi mirada en el lejano horizonte marino que aparece a través de la ventana.
Todo empezó cuando al infeliz de Polo se le ocurrió obsesionarse, enamorarse, o lo que fuere de aquella muchacha. En un principo, yo lo acompañaba cuando se le ocurría seguirla. Polo la seguía para hablar con ella, para saludarla o invitarla a salir, claro que ella casi nunca le hacía caso. Sólo recuerdo dos ocasiones en que aceptó ir a comer algo con él, pero en aquellos momentos me pareció que únicamente lo hacía por que trataba de ser amable, y no quería que el infeliz se matara; aunque, claro, esto último finalmente no fue necesario porque hubo alguien que se apiadó de él.
Una vez la vimos saliendo de la universidad, iba con una amiga. Entonces él comenzó a apurar el paso para tratar de alcanzarla. Yo, como siempre, traté primero de hacer que desistiera, diciéndole que probablemente tenían que recoger algún trabajo o algo parecido, y que no era oportuno abordarla en ese momento. Pero luego, cuando el muy idiota de todos modos decidió seguirla, tuve que acompañarlo; lo hice para evitar que él terminase haciendo alguna locura, como jalonearla delante de todos o tal vez algo peor. No sé, pero a mí siempre me pareció que el pobre como que vivía en un mundo aparte, como que su realidad era otra, que tal vez era cierto aquello que Rodrigo decía de él: que era paranoico. Esa fue la primera vez que empecé a considerar seriamente esa posibilidad. Cuando él la alcanzó la llamó por su nombre; ella se volvió y al ver que se trataba de Polo, siguió caminando como si no le importase. Entonces él continuó tras ella, hasta que Dana hizo detenerse a un auto, subió y el vehículo arrancó. Polo trato de correr para hacer no se qué locura, pero yo lo contuve tomándolo fuertemente por un brazo. Luego se quedó parado ahí, por algunos minutos, sin decir una sola palabra. Había que verlo en ese momento: manos a la cintura, mirando para un lado y para otro, desesperado. Daba pena, sí, pero igual era para para matarse de la risa. Creo que nunca me reí como entonces.
Poco a poco el infeliz parecía ir empeorando, como si el rechazo de Danita fuese devorando poco a poco el equilibrio de su razón. Definitivamente lo del cuaderno fue lo que desencadenó su trágico final. El pobre idiota tenía un cuaderno lleno con fotos que le había tomado secretamente a Dana. El tipo estaba mal.
Leo tira al piso la colilla del cigarro consumido, saca la cajetilla negra y roja que guarda en el bolsillo de la camisa, me mira sonríe, extrae un cigarro y lo enciende. Se pone de pie, vuelve a sentarse, mira al techo, me ve a los ojos y luego se queda observando por un momento aquel extraño cigarro. Después, volviendo su mirada hacia mí, me pregunta: “Entonces eso fue lo que terminó de trastornarte?”
Fue entonces que decidí sacarlo de su misería. Alguna vez tuve un cachorro que se volvió loco, era un pastor alemán. Algo le pasó de pronto: corría y corría, ladraba sin razón, y a mí no me gustaba el ruido. Entonces, una tarde, al regresar de la universidad, lo oí ladrar como un endemoniado, estaba más insoportable que nunca. Parecía que sus ojos alcanzaban a percibir una realidad distinta, como si estuviese contemplando algún espectro o algo así. Lo ahorqué y luego incineré sus restos. Cuando descubrí lo del cuaderno, recordé lo de mi perro, y supe que debía hacer lo mismo con Polo: eliminarlo para evitar que siguiera sufriendo.
Alguien tenía que hacer algo, yo sólo hice lo que cualquier buen amigo tenía que hacer. Según veía yo, ella lo evadía, inventaba cualquier excusa para no hablar con él, para no aceptar sus invitaciones. Yo sentía que debía ayudarlo. Además él tenía una sonrisa muy estupida. Creo que lo hice por ambas cosas; porque no soportaba verlo sufrir y también por que no soportaba su estupida sonrisa.
Leo continúa absorbiendo aquel humo excitante, con mucha fuerza, como si haciendo aquello pudiese llegar a entender mejor todo lo que está oyendo de mí.
Una tarde lo encontré por el centro y le pedí que me acompañara a buscar unas amigas que vivían fuera de la ciudad, diciéndole que habría licor de por medio. Esto último bastó para que el infeliz me siguiera sin preguntar nada más. Lo llevé hasta un descampado. Caminamos varios metros internándonos en unos sembríos de algodón. Cuando estuve seguro que desde la autopista no llegarían a percibir lo que estaba a punto de suceder y que no había nadie por los alrededores, le dije que quería mostrarle algo. Nos detuvimos, poniéndonos uno enfrente del otro. Entonces, sin darle tiempo a nada, le hundí una navaja en el estómago. En verdad para entonces ya no me importaba nada, pues yo sabía perfectamente que alguien podría estar viéndonos. Pero ya no me podía contener. Mientras le hundía el frío metal en su cuerpo, sentía como todo mi ser era recorrido por una extraña sensación de placer, originada por el hecho de estar finalmente cumpliendo mi objetivo de ayudarlo. Polo cayó inmediatamente. Estando ahí, tirado en el suelo, tratando inútilmente con sus manos de contener la sangre que manaba de su estomago, intentó decirme algo. No se lo permití; le hundí otra vez la navaja, esta vez en el cuello.
Al día siguiente, muy temprano, encontré a Diego en la facultad. Él debió notar la expresión de felicidad que se dibujaba en mi rostro, originada por haber ayudado a Polo. Dijo que me veía muy contento, que seguramente ello se debía a que ya estaba enterado de que Dana el día anterior había finalmente aceptado al infeliz. Y fue entonces que perdí el control. Le reclamé el no haberme avisado en el momento, que era el culpable de lo que le había sucedido a nuestro amigo. Me abalancé sobre él y rodeé con ambas manos su cuello. Cuando ya casi no respiraba y su rostro había cambiado de color, sentí que por lo menos ocho brazos me sujetaban.
Leo ríe a carcajadas, se pone de pie y lanza contra la pared una tercera colilla de cigarro.
Hasta ahora sigo pensando que Dana lo aceptó de pura lástima, para que el infeliz no se matara, pero igual murió.
Me mira fijamente a los ojos otra vez, y luego me dice que pobre tío, que leíste muchos relatos policiales, que eso seguramente te trastornó la razón. Yo le preguntó: “Y tú, ¿qué cosa has estado fumando?”. Es un cigarro que tiene un toque de canela, se siente un sabor distinto así”, me responde, mientras mira al horizonte marino como tratando de encontrar algo especial, al darse cuenta que casi todo el tiempo he estado mirando a través de la ventana.
Pablo Marcos Patricio Jaico
Estoy viéndolo, él está frente a mí. Enciende un cigarro y absorbe con fuerza aquel humo de olor extraño, excitante. Me mira fijamente, ambos nos miramos. Por un momento, quedamos así, viéndonos a los ojos, sin decir una sola palabra. De pronto, bruscamente y presa de la confusión, interrumpo nuestro silencio y le pregunto que le pasa, a lo que él responde que no entiende.
El cigarro de Leo se consume lentamente, convirtiéndose en ceniza y volutas de humo que al expandirse inundan el ambiente del pequeño cuarto. En tanto, continúo observándolo; él me sigue viendo a los ojos, pero ahora su mirada ya no es la misma, de pronto ha cambiado, y así, la expresión de todo su rostro. Luego empieza a mirar al suelo y a absorber el humo de su cigarrillo con mucha más fuerza.
Aquel extraño olor poco a poco se ha apoderado de toda la habitación. Es un olor distinto, tan embriagante como intenso. Sentirlo me hace imaginar espectros de seres extraños, escenas de crueles asesinatos, sesiones de sexo salvaje. Pero, al mismo tiempo, me produce una extraña sensación de sosiego, que contrasta con todas las atrocidades que asaltan mi mente en este momento, y también con el recuerdo de lo acontecido con Polo, recuerdo que aflora nítidamente a la parte consciente de mi memoria.
Advierto que en sus ojos asoma un extraño brillo, y me parece en un primer momento que está a punto de llorar. Entonces le digo que si ha venido hasta acá para llorar por mí o por Polo, ya puede irse. Él no dice nada.
Leo sigue fumando, absorbiendo aquel humo tan intenso. Yo, mientras tanto, empiezo a sentirme confundido, queriendo saber el significado exacto de aquella expresión en su mirada. De pronto, él esboza una ligera sonrisa, sin dejar de mirarme a los ojos. Y entonces me parece que lo comprendo todo. Aquella mirada, pienso, no puede ser de compasión, ni tampoco de reproche. Leo ansía saber “la verdad”, entiendo; quiere él saber el detalle de los acontecimientos, de los labios del propio homicida. “Tú viniste acá para que te cuente lo que pasó. Has debido decirlo desde un comienzo”, le digo mientras él no deja de mirarme a los ojos. Sonríe y luego enciende otro cigarro. En tanto, yo me dispongo a contarle todo, mirando fijamente a sus ojos, primero, y luego posando mi mirada en el lejano horizonte marino que aparece a través de la ventana.
Todo empezó cuando al infeliz de Polo se le ocurrió obsesionarse, enamorarse, o lo que fuere de aquella muchacha. En un principo, yo lo acompañaba cuando se le ocurría seguirla. Polo la seguía para hablar con ella, para saludarla o invitarla a salir, claro que ella casi nunca le hacía caso. Sólo recuerdo dos ocasiones en que aceptó ir a comer algo con él, pero en aquellos momentos me pareció que únicamente lo hacía por que trataba de ser amable, y no quería que el infeliz se matara; aunque, claro, esto último finalmente no fue necesario porque hubo alguien que se apiadó de él.
Una vez la vimos saliendo de la universidad, iba con una amiga. Entonces él comenzó a apurar el paso para tratar de alcanzarla. Yo, como siempre, traté primero de hacer que desistiera, diciéndole que probablemente tenían que recoger algún trabajo o algo parecido, y que no era oportuno abordarla en ese momento. Pero luego, cuando el muy idiota de todos modos decidió seguirla, tuve que acompañarlo; lo hice para evitar que él terminase haciendo alguna locura, como jalonearla delante de todos o tal vez algo peor. No sé, pero a mí siempre me pareció que el pobre como que vivía en un mundo aparte, como que su realidad era otra, que tal vez era cierto aquello que Rodrigo decía de él: que era paranoico. Esa fue la primera vez que empecé a considerar seriamente esa posibilidad. Cuando él la alcanzó la llamó por su nombre; ella se volvió y al ver que se trataba de Polo, siguió caminando como si no le importase. Entonces él continuó tras ella, hasta que Dana hizo detenerse a un auto, subió y el vehículo arrancó. Polo trato de correr para hacer no se qué locura, pero yo lo contuve tomándolo fuertemente por un brazo. Luego se quedó parado ahí, por algunos minutos, sin decir una sola palabra. Había que verlo en ese momento: manos a la cintura, mirando para un lado y para otro, desesperado. Daba pena, sí, pero igual era para para matarse de la risa. Creo que nunca me reí como entonces.
Poco a poco el infeliz parecía ir empeorando, como si el rechazo de Danita fuese devorando poco a poco el equilibrio de su razón. Definitivamente lo del cuaderno fue lo que desencadenó su trágico final. El pobre idiota tenía un cuaderno lleno con fotos que le había tomado secretamente a Dana. El tipo estaba mal.
Leo tira al piso la colilla del cigarro consumido, saca la cajetilla negra y roja que guarda en el bolsillo de la camisa, me mira sonríe, extrae un cigarro y lo enciende. Se pone de pie, vuelve a sentarse, mira al techo, me ve a los ojos y luego se queda observando por un momento aquel extraño cigarro. Después, volviendo su mirada hacia mí, me pregunta: “Entonces eso fue lo que terminó de trastornarte?”
Fue entonces que decidí sacarlo de su misería. Alguna vez tuve un cachorro que se volvió loco, era un pastor alemán. Algo le pasó de pronto: corría y corría, ladraba sin razón, y a mí no me gustaba el ruido. Entonces, una tarde, al regresar de la universidad, lo oí ladrar como un endemoniado, estaba más insoportable que nunca. Parecía que sus ojos alcanzaban a percibir una realidad distinta, como si estuviese contemplando algún espectro o algo así. Lo ahorqué y luego incineré sus restos. Cuando descubrí lo del cuaderno, recordé lo de mi perro, y supe que debía hacer lo mismo con Polo: eliminarlo para evitar que siguiera sufriendo.
Alguien tenía que hacer algo, yo sólo hice lo que cualquier buen amigo tenía que hacer. Según veía yo, ella lo evadía, inventaba cualquier excusa para no hablar con él, para no aceptar sus invitaciones. Yo sentía que debía ayudarlo. Además él tenía una sonrisa muy estupida. Creo que lo hice por ambas cosas; porque no soportaba verlo sufrir y también por que no soportaba su estupida sonrisa.
Leo continúa absorbiendo aquel humo excitante, con mucha fuerza, como si haciendo aquello pudiese llegar a entender mejor todo lo que está oyendo de mí.
Una tarde lo encontré por el centro y le pedí que me acompañara a buscar unas amigas que vivían fuera de la ciudad, diciéndole que habría licor de por medio. Esto último bastó para que el infeliz me siguiera sin preguntar nada más. Lo llevé hasta un descampado. Caminamos varios metros internándonos en unos sembríos de algodón. Cuando estuve seguro que desde la autopista no llegarían a percibir lo que estaba a punto de suceder y que no había nadie por los alrededores, le dije que quería mostrarle algo. Nos detuvimos, poniéndonos uno enfrente del otro. Entonces, sin darle tiempo a nada, le hundí una navaja en el estómago. En verdad para entonces ya no me importaba nada, pues yo sabía perfectamente que alguien podría estar viéndonos. Pero ya no me podía contener. Mientras le hundía el frío metal en su cuerpo, sentía como todo mi ser era recorrido por una extraña sensación de placer, originada por el hecho de estar finalmente cumpliendo mi objetivo de ayudarlo. Polo cayó inmediatamente. Estando ahí, tirado en el suelo, tratando inútilmente con sus manos de contener la sangre que manaba de su estomago, intentó decirme algo. No se lo permití; le hundí otra vez la navaja, esta vez en el cuello.
Al día siguiente, muy temprano, encontré a Diego en la facultad. Él debió notar la expresión de felicidad que se dibujaba en mi rostro, originada por haber ayudado a Polo. Dijo que me veía muy contento, que seguramente ello se debía a que ya estaba enterado de que Dana el día anterior había finalmente aceptado al infeliz. Y fue entonces que perdí el control. Le reclamé el no haberme avisado en el momento, que era el culpable de lo que le había sucedido a nuestro amigo. Me abalancé sobre él y rodeé con ambas manos su cuello. Cuando ya casi no respiraba y su rostro había cambiado de color, sentí que por lo menos ocho brazos me sujetaban.
Leo ríe a carcajadas, se pone de pie y lanza contra la pared una tercera colilla de cigarro.
Hasta ahora sigo pensando que Dana lo aceptó de pura lástima, para que el infeliz no se matara, pero igual murió.
Me mira fijamente a los ojos otra vez, y luego me dice que pobre tío, que leíste muchos relatos policiales, que eso seguramente te trastornó la razón. Yo le preguntó: “Y tú, ¿qué cosa has estado fumando?”. Es un cigarro que tiene un toque de canela, se siente un sabor distinto así”, me responde, mientras mira al horizonte marino como tratando de encontrar algo especial, al darse cuenta que casi todo el tiempo he estado mirando a través de la ventana.
Pablo Marcos Patricio Jaico
PABLO MARCOS PATRICIO JAICO: Es otro de los autores del libro "De Lobos y Sirenas". Licenciado en Educación Secundaria, epecialidad de Lengua y Literatura por la Universidad Nacional del Santa de Chimbote. Actualmente está perfeccionando nuevos cuentos que pronto serán publicados. "Cigarro de canela" es uno de los tres cuentos que él incluyó en "De Lobos y Sirenas".
